MORMOLÝKEION

Está aquí. Como cada noche desde hace dos meses. Me cuesta respirar atrincherado en esta habitación de ventanas y puertas cerradas donde he llegado incluso a rezar a un Todopoderoso, a quien solo conozco gracias al esfuerzo de mi mente. Para que eso no apareciera esta noche. Pero ha logrado, de nuevo, entrar. La incredulidad, más que el pánico, me impedirá levantarme. Percibo su avance subrepticio, el aroma felino que desprende mientras revuelve mis papeles. Sus uñas raspan, sus dientes roen, no sé el día ni la hora en que saltará de la mesa a la cama y se instalará entre mi corazón y mi cerebro, en un instante de vacilación antes de continuar su tarea. Lo peor es que mañana tendré que soportar otra vez el sarcasmo de mi profesor de Griego. “Vaya, ¿tampoco encuentras “μορμολύκειον”?” Mis compañeros sonreirán acariciando los lomos de sus diccionarios forrados con plástico agrietado o ajironados o magullados de café y fluidos corporales. Previsibles y leales. El profesor emitirá una risita sardónica. “A ver si es que un duende nocturno se dedica a robarte las palabras”. Mañana iré a Secretaría, sí. Y cambiaré de asignatura. Pero… ¿y si empieza con el de Inglés?

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