Dora Pain

Ella contempló a aquellos hombres que sonreían como eminencias amables o necios desorientados, cada vez más inquieta ante la persistencia con la que señalaban la caja. La caja envuelta en un chillón papel de regalo que habían dejado en sus manos y que las modelaba en una curva crispada.

-Áaaaaaaabreeeeeelaaaaaaaaa…

Esas bocas deshacían con su movimiento esponjoso la palabra que ella no quería oír. Concentraba entonces todos sus sentidos en el ejército de microscópicos seres que poblaban el aire como motas de polvo, y cuyas células crepitaban disciplinadas y rudas en la multiplicación. Pero la boca jugosa de él, tan inconsciente de su propia belleza, se destacaba frente a las otras y, avanzando en dirección a ella, desenrollaba una lengua enorme que pulsaba húmeda todos los resortes de la rendición. Y ella recordaba. La revelación de un cuerpo tan ajeno, cómo habían visto nacer la primera mañana del mundo. Habían competido en la laguna cenagosa, sumergiendo la cabeza e intentando besar los labios de la criatura fosforescente que se les aparecía cuando contenían obstinadamente la respiración. Mas el monstruo desplegaba tentáculos de luz en torno a las sienes y el pecho de sus perseguidores y, cuando el dolor comenzaba a convertirse en cosquilleo, se veían impulsados a la superficie. Emergían con la boca abierta como peces moribundos, coronados con diademas de algas.

-A-B-R-E-L-A.

Trató de buscar protección en los ojos del anciano triste que, replegado sobre sí mismo, se llevaba incesantemente la mano al costado derecho como si reprimiera una hemorragia imaginaria. Cuando el viejo alzó la vista, por el fuego que ardía en sus pupilas ella supo que ambos tenían una dolorosa tarea que cumplir.
Así que abrió la caja. Susurrando. Perdonadme. Perdonadme. A partir de ahora llenarán vuestros vientres de hijos, vuestros cerebros de oscuridad, vuestros nombres de culpa y vergüenza.
Mareada y desfalleciente, tuvo justo el tiempo de ver el brillo de aquella pulsera que parecía una galaxia de planetas desordenados; justo el tiempo de oír Feliz Cumpleaños, Pandora, y esbozar una sonrisa antes de deslizarse hacia la niebla y su estridente aullido.

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