Del papiro al Papyre

Del papiro al pergamino. Del pergamino al papel. Del papel al libro electrónico…

No tengo nada en contra de los argumentos románticos de quienes añoran el olor dulzón del papel manoseado en las bibliotecas de estanterías de cedro enmarcadas entre vidrieras con vistas a parajes idílicos (?) pero…¿quién dijo que fuera necesario decantarse de una vez y para siempre a favor de la tinta líquida o la electrónica? Brotan ambas del corazón y de la mente del hombre y pretenden transmitir su mensaje de trascendencia.

Libro en papel y libro electrónico pueden leerse- con dificultad, desde luego- en posición invertida, sin que el fracaso en el experimento implique el suplicio de Marsias. El mensaje electrónico se encuentra encadenado permanentemente al respirador artificial de la batería, mientras que el texto en papel se ofrece a ser abierto en cualquier instante, siempre que las condiciones ambientales no resulten extremas. Sumergido en el agua el libro electrónico augura mayor permanencia, aunque encaja mal en la botella que lanza el náufrago. La tarjeta de memoria permitiría llevar en el bolsillo más volúmenes de los que contiene la Biblioteca Nacional. Pero está escrito: una palabra, una sola palabra, bastará para sanarnos. O para matarnos.

¿Por qué no existe un adjetivo alternativo al sintagma “de papel”  que califique al libro con la misma eficacia con que lo hace el adjetivo “electrónico”? Papiráceo o papelero remiten a otro tipo de características o funciones, no exactamente a la materia de la que está compuesto el libro. ¿Nos acostumbraremos un día a hablar del “libro vegetal” para referirnos a ese montón de páginas encuadernadas que se desplazaban en una tercera dimensión, provocando una ligera brisa y la posibilidad de cortarnos un dedo con sus bordes?

Lo que sí resulta fatal para el libro electrónico es esa frontera entre la vigilia y el sueño en la que se nos escapa de las manos. Lucía Senior atestigua por experiencia lo desagradable que es el impacto del iPad sobre la cara cuando el sueño ha relajado la tensión de los brazos que lo sostenían (aunque imagino que Guerra y Paz en formato papel causaría un efecto semejante); Lucía Iunior ha pasado por el Inferno de Dan Brown entre llamaradas alternativas de papel ardiendo y cables chisporroteantes; Pablo, que hubiera sido un inquietante iluminador de códices medievales (http://radicaldestroyer.blogspot.com.es), prefiere su tableta gráfica al libro en cualquiera de sus variantes; Ángela se niega a que cualquier componente de tipo electrónico contamine su amor por la literatura, aunque ello suponga comprar un Cien años de soledad de emergencia en la primera librería de guardia detectada por el GPS en el agosto granadino. Y Jorge nos pone los pelos de punta leyendo Apocalipsis de Stephen King. Eso sí, en una postura infinitamente más cómoda que la del sacerdote de Isis desenrollando su papiro.

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“Sacerdote de Isis con papiro” del Pórtico del Templo de Isis en Pompeya. Siglo I a.C.

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